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Los platos de cuchara han sido siempre uno de los pilares fundamentales de nuestra cocina, sobre todo cuando las jornadas laborales eran largas y pesadas. Ya sea por su relativa fácil preparación, los ingredientes de origen humilde que suelen llevar como las legumbres o la carne de cerdo o por su contundencia energética. La combinación de estos tres elementos convirtió, como no podía ser de otra manera, los platos de cuchara en unos de los más esperados en la mesa y formaban parte de la cocina más esencial y primaria que nos podamos imaginar.

 

La rápida transformación de la sociedad a lo largo del siglo XX y las formas de trabajar han comportado, inevitablemente, el abandono de ciertas costumbres y las necesidades de comidas reconfortantes y energéticas ha ido a la baja. Los platos de cuchara ya no son tan necesarios como lo eran antes y, apenas, han quedado como una anécdota de la cocina doméstica de fin de semana en el mejor de los casos. Por suerte algunos restaurantes de cocina casera todavía les rinden tributo y continúan elaborándolos con la misma parsimonia y sabiduría heredadas, probablemente, de tradiciones familiares. También es posible encontrarlos en algún menú de mediodía, aunque se puede constatar fehacientemente su gradual desaparición de muchos menús promovida por los cambios de hábitos alimentarios de la población eminentemente urbana.

 

La constatación de este hecho no debería servir de excusa para sumarnos a la causa, orquestada o no, de la lenta desaparición de los platos de cuchara en la cocina de muchos hogares. Reivindiquemos los mismos, pues, como patrimonio de nuestra cultura popular y pongámoslos en el lugar que se merecen, formando parte de nuestra dieta habitual. Las raciones pueden ser más o menos abundantes en función de nuestras necesidades energéticas, la cantidad de carne se puede adaptar a nuestro gusto pero, lo que es innegable y corroboran las autoridades médicas más distinguidas de nuestro país, es el gran beneficio para la salud que supone la ingesta de legumbres, preferiblemente, 3 veces a la semana.

 

Ingredienes para 2 personas

600 g de garbanzos cocidos
1 cebolla grande picada
2 dientes de ajo picados
3 tomates medianos rallados
2 costillas de cerdo en trozos (3 trozos por persona)
Opcional: 100 g de butifarra negra en trozos (2-3 trozos por persona)
250 ml de caldo de pollo (o agua si no tenéis caldo)
Aceite de oliva virgen extra
Azúcar
Sal
Pimienta negra
1 hoja de laurel



Preparación de los garbanzos guisados con costilla de cerdo

  1. Salpimentar la costilla de cerdo.
  2. En un cazuela con aceite de oliva, dorar a fuego intenso la costilla de cerdo. Reservar.
  3. En la misma sartén, sofreír la cebolla picada a fuego bajo hasta que esté dorada.
  4. Añadir el ajo picado y sofreír.
  5. Incorporar el tomate rallado, salpimentar y añadir un poco de azúcar si se quiere corregir la acidez del tomate. Dejar cocer a fuego medio-lento hasta que se haya reducido bastante el agua del tomate, unos 15 minutos.
  6. Pasado este tiempo, si se quiere conseguir que el jugo del guisado sea una salsa homogénea, triturar el sofrito con un poco de caldo con la batidora eléctrica. También se puede dejar sin triturar.
  7. Volver a poner la cazuela al fuego, añadir la costilla de cerdo que teníamos reservada y remover.
  8. Incorporar los garbanzos cocidos, el caldo de pollo (o agua) y la hoja de laurel. Si se quiere añadir butifarra negra, añadirla también en este momento.
  9. Cocer durante unos 5-10 minutos a fuego bajo. Si los garbanzos ya están cocidos, no hay que cocerlos durante mucho tiempo. El tiempo justo para que se asienten todos los sabores y quede un guiso bien sabroso.
  10. Probar los garbanzos guisados ​​con costilla de cerdo y rectificarlos de sal y pimienta si fuera necesario.

 

Resumen
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Nombre receta
Garbanzos guisados con costilla de cerdo
Fecha publicación
Tiempo preparación
Tiempo cocción
Tiempo total
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