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Josep Llavina y Glòria Costa viven en el Molí de la Llavina, en las afueras de Centelles (comarca de Osona, Catalunya), lugar donde la familia de Josep ha vivido durante más de 500 años. Aunque ya se tenían noticias del Molino desde el siglo XIII, no fue hasta 1497 que los Llavina se instalaron y empezaron a mover las ruedas del molino con el agua del río cercano a la Masía. Siempre combinaron el trabajo del campo y la ganadería para mantener la economía familiar, pero con la llegada de la globalización y la revolución tecnológica asociada al sector producida durante el siglo XX, no les quedó otra alternativa que diversificar la actividad. Fue así, y oliendo la llegada de la crisis en el sector lechero de medianos de la década de los 80, como Josep Llavina decidió especializarse en la transformación de la leche en queso en 1985; y aprovechar que tenía vacas frisonas productoras de leche en la Masía para elaborar este producto que tanto le gustaba. De esta manera se convirtió en quesero artesano, oficio que ha aprendido prácticamente de forma autodidacta y, gracias a su espíritu innovador, hoy podemos degustar el primer queso azul elaborado en Catalunya, hecho con leche cruda de vaca y hongos del tipo penicillium roqueforti, y curado en la cava natural ubicada debajo del mismo Molino. Su pasión por el queso lo ha llevado a elaborar otros con leche de cabra de color blanco intenso y un sabor láctico cabruno inconfundible. Todos ellos, quesos artesanos elaborados en un lugar lleno de historia, El Molí de la Llavina, gracias a los cuales la familia Llavina puede mantener en pie uno de los últimos molinos de harina que aún funcionan en Catalunya.